Aventura en Siete Picos-Navacerrada

El sábado pasado, y dadas las buenas previsiones del tiempo, decidí salir a la montaña para emprender una ruta que, desde hacía tiempo, tenía en mente y me hacía mucha ilusión completar. Se trataba de recorrer Siete picos, empezando desde la estación de Cercedilla, donde cogeríamos el camino Puricelli hasta Majavilán, para luego tomar la vía romana hasta el Puerto de la Fuenfría, seguir hasta el collado ventoso, y, desde este punto iniciar la subida a Siete Picos, continuando por todo el cordal hasta la Peña Hueca, y, a partir de la misma, desviarnos por la senda herreros para volver por el flanco sur hasta la pradera de Navarrulaque y de nuevo a Cercedilla. Con qué seguridad suenan estas palabras que acabo de escribir, destilan veteranía y un buen conocimiento del terreno, sin embargo la realidad fue otra, y se tornó en una de las pesadillas más lacerantes que he vivido como montañero. El co-creador de esta delirante aventura tiene un nombre: Oscar, la persona con la que decidí compartirla.

Oscar apareció, como siempre, tarde en la estación de Atocha, con sus imponentes 90 kilos, un pantalón de chándal, unos tenis, y una camiseta como la del cuñado del Rocky, con una mochila rosa de Hello Kitty donde llevaba su tesoro más preciado: los bocadillos que se iba a zampar durante la odisea que íbamos a compartir. Inmediatamente le espeté, con aire de resignación y mirada reprobadora, -“Pero serás pedazo de animal, ¿dónde te crees que vas así?, ¿a la montaña o a montar a un tío vivo?” Menos mal que llevaba equipo de sobra que le podía prestar, pero, lo que no llevaba era otro par de botas. El trayecto en tren fue muy entretenido; a medida que se iban perfilando los principales picos de la sierra, yo le iba señalando y nombrando cada uno, “-mira la peñota, mira la peña del águila, ahí tienes montón de trigo, y ¡fíjate! ¿ves los siete picos?…”, mientras Oscar, por su parte, también me iba enseñando los cuatro bocadillos que llevaba y relatando su elaboración y contenido.

Llegamos a Cercedilla, y desde la estación, iniciamos el camino Puricelli, y, apenas unos metros andados, Oscar, me recriminó complaciente “-No pretenderás empezar a caminar con el estómago vacío, necesitamos energía, luego te puede pasar factura”. Me di la vuelta, los brazos en jarra, y displicente le contesté, “-Oscar no empieces, te lo digo en serio, habrá tiempo para comer”. Pero era demasiado tarde, Oscar ya devoraba con ansiedad un bocadillo, los ojos bizcos, y entre bocado y bocado, se justificaba diciendo que necesitaba energía antes de acometer la subida.

Llegamos a la vía romana, donde, para nuestra sorpresa, había una gran cantidad de placas de hielo que debíamos sortear con mucho cuidado, resbalando en varias ocasiones, pero sin ninguna consecuencia debido al cuidado que poníamos al caminar. Una vez en el puerto de la Fuenfría, continuamos hasta el collado Ventoso e iniciamos la ascensión, momento que aprovechó Oscar para engullir otro bocadillo, ésta vez con mi aprobación, ya que era una buena ocasión para respirar aire fresco, descansar un ratito y darle unas polainas y un forro polar que tenía de sobra en previsión de un tiempo poco clemente. Tras un ascenso duro, aunque de gran atractivo paisajístico, la senda desembocaba entre el segundo y tercer pico y continuamos por el cordal de la cara norte, hasta descansar de nuevo en la cima del sexto pico. El sol brillaba en todo su esplendor, nos mirábamos callados asintiendo con pequeños movimientos de cabeza; la belleza no necesita de palabras sino de silencio y admiración, y delante de nosotros, se erguía, majestuosa, la cumbre del Peñalara, engalanada con su inmaculado manto blanco, regalándonos con una visión de lo que es imperecedero, de lo que está por encima del sueño o la realidad del hombre, de lo que hace añicos todo pensamiento u acción del hombre, que no es sino la inmortal verdad de la belleza. ¡Qué bonito es contemplar la montaña con los ojos del corazón!

Salimos de nuestro ensimismamiento, y decidimos continuar la ruta, pero cometí un grave error, ya que las huellas no eran tan nítidas como antes, y Oscar me señaló unas lejanas pisadas ladera abajo, que interpreté como la continuación de la senda. Bajamos hasta ellas, sin darnos cuenta, que íbamos abandonando la senda original, topándonos de vez en cuando con solitarios hitos, que afianzaban nuestra confianza de ir por la correcta dirección, cuando la realidad era que nos estaban desviando de nuestra ruta original hacia un terreno cada vez más impracticable, con una nieve polvo que hundía nuestras piernas impidiendo todo movimiento. Avanzar era tarea casi imposible, amen de las constantes caídas debido a la cada vez mayor inclinación del terreno, por lo que decidí volver hacia arriba aunque implicase un esfuerzo titánico. Oscar se opuso, y perdió los nervios, argumentándome que tenía el chándal y las deportivas empapadas, así como los pies totalmente congelados. Con sus imponentes 90 kilos, apenas podía moverse y le pasé mis bastones para poder ayudarse, pero sus movimientos eran lentos y torpes, y requerían de un esfuerzo cada vez más exigente; estábamos agotados y yo empecé a tener calambres en los cuadriceps. Comprendía muy bien su situación pero no cometí el error de seguir cuesta abajo, sino que decidí ir ladeando siempre en dirección a la bola del mundo, que el sombrío espacio forestal, nos impedía vislumbrar. Me costó lo que no está escrito convencerle, y opté por ser firme en mi decisión, y continuar, a pesar de sus constantes lamentos y acusaciones por haberle arrastrado a tal situación. Seguimos, todavía, una hora más sin rumbo cierto, firme en mi intención de ir ladeando en dirección a la bola del mundo, hasta que vimos unas figuras en la lejanía caminando, y pude exclamar con alivio, “sí es el camino Smitdh, tiene que serlo…” En este momento me di cuenta del error de cálculo que había cometido en la cresta, y, sin quererlo, había bajado por la umbría de siete picos hasta el afamado sendero. ¿Dónde estabas tú, Pedro, cuando tanto te necesité?

Nos perdimos, pero valió la pena, porque la montaña siempre acaba siendo la mejor maestra, nos caemos en la vida para aprender a levantarnos, y nos perdemos en la montaña, para algo todavía más importante, aprender a encontrarnos. Continuamos hasta el puerto de Navacerrada y llegamos a la estación, felices como perdices, donde, por cierto, se come de maravilla junto a un cálido fuego de chimenea. Tenemos que organizar un día la misma ruta, y comer en esa encantadora estación invernal mientras esperamos el tren de vuelta, el que nos lleva al hogar, después de una maravillosa jornada en la montaña. ¿Os apetece? ¡Seguro que sí! ¡Un saludo aziblogueros!

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