Las Cárcavas de Castrejón

En las Cárcavas de Castrejón

En las Cárcavas de Castrejón

Para los montañeros, acostumbrados a las grandes pendientes y a las cumbres nevadas, resulta extraño aparcar el coche en un pueblo manchego en plena meseta sur y caminar por un sendero llano. Lo único que nos recuerda a las montañas es la soledad que se suele respirar en cuanto nos alejamos de pueblos y ciudades. Pero hay que admitir que el campo, con tantas flores de colores y tanto cielo azul nos recuerdan que también sabemos disfrutar de otros entornos.
El pasado miércoles, tras una fugaz visita a La Puebla de Montalbán, lugar natal de don Francisco de Rojas y lugar de recomendable visita debido a la belleza de su iglesia y plaza porticada (por donde sin duda pasearía Melibea, espiada desde una columna por Calisto), aparcamos el coche en Albarreal de Tajo, lugar natal de nuestra ruta. Atravesamos campos de cultivo, fincas privadas, terrenos vírgenes, tierras con flores. En una vueltona del camino divisamos el Tajo allá a lo lejos. El camino se hacía largo y Nano se impacientó por ver las Cárcavas de Castrejón, hito del día. Mientras mis compañeros se alejaban por el camino, tomé varias fotografías de flores y encontré a un hombre alto y delgado que leía un libro de caballerías. Le pregunté si nuestra dirección era la correcta. El hombre me respondió afirmativamente, y añadió que siempre pasaba junto a las Cárcavas para evitar los molinos de viento en su camino hacia El Toboso. Aquel hombre me resultó familiar y como de otra época, pero no creo que fuera quien yo pienso. Finalmente llegamos a tan atípico paraje: pendientes de tierra arenisca anaranjada de fuerte cantil cayendo vertiginosas sobre el río, crecido por el embalse. Allí comimos e hicimos fotos. Después proseguimos la ruta por campos floridos hasta las cercanías de la presa. Cualquier árbol y cualquier flor eran motivo de nuestra atención, y durante la jornada pudimos aprender unos de otros acerca de la fauna y la flora. Por nuestras conversaciones pasarían los olmos, los melocotoneros de La Puebla, Sócrates, las grullas, Arthur C. Clarke, el cine y la televisión, la Trotaconventos y las cosas imposibles. Una fuerte tormenta nos amenazaba en la lejanía, sobre todo teniendo en cuenta que avanzábamos hacia ella, pero el viento jugó a nuestro favor y se llevó la lluvia por otros derroteros. Llegamos a La Puebla tras seis horas de camino. Después creo que me dormí en el coche, porque mis recuerdos de la tarde son un tanto irreales: una romería en Toledo, una mujer tocando la viola en la plaza junto a la catedral, sonidos fantásticos de cuencos de cuarzo descomponiéndose en mil armónicos que chocaban entre sí, yo mismo frotando un cuenco tibetano con una barra de madera, una dama tañendo un metalófono y un gaitero hablando sin parar acerca de los bordones de las gaitas de Escocia. Cuando desperté estaba en mi casa con una caja de pastas toledanas y varias partituras de música klezmer. Abrí la caja, comí una de las pastas y me senté un rato al piano a tocar la música de la Europa profunda. Y en aquel momento entendí que todo había ocurrido realmente y que el paraíso está a la vuelta de casi todas las esquinas.
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