El guía Nano nos lleva a La Almenara

Hacia La Almenara

Hacia La Almenara

PREFACIO

Hace varias décadas una familia se fue a pasar un agradable día en las montañas. A la caída de la tarde, el hijo menor se extravió. Sus padres lo buscaron durante horas y no lo encontraron. El niño, viéndose solo y perdido, se refugió en unas piedras y afortunadamente fue encontrado por unos montañeros, quienes le dieron agua, comida y abrigo, y lo llevaron en brazos hasta su familia. Por la noche, ya en casa, antes de acostarse, el niño preguntó a sus padres quiénes eran esos hombres que lo habían salvado. El padre respondió: “Hijo, escucha: debemos estar muy agradecidos a esos hombres porque te han encontrado y te han traído de vuelta con nosotros. Pero tampoco te hagas como ellos. Esos hombres son montañeros. Se dedican a subir montañas por el simple hecho de subirlas. Nadie sabe qué buscan allá arriba. No les asusta el calor ni el frío; no se arredran ante la lluvia o la nevada; el cansancio es su compañero; se levantan temprano, antes de que amanezca y se adentran en la oscuridad cuesta arriba llevando pesadas mochilas a su espalda, y todas las cosas de su mundo de piedra están metidas en esa mochila. Es mejor que juegues con el aro, la cometa o el diábolo. No juegues con las montañas; están llenas de peligros. Y ahora descansa”. Con estas palabras nació una leyenda en la cabeza del niño. Aquella noche, miles de rocas cubiertas de nieve y hielo azotadas por la ventisca poblaron sus sueños.

Durante los años siguientes la leyenda se mantuvo latente en su interior. Ya de adolescente, aprovechando un viaje de sus padres, cogió un tren y se fue a pasar el día a un pueblo en las montañas. Preguntó a un lugareño por dónde se subía a las cumbres pero el hombre le aconsejó contratar un guía de montaña. El joven preguntó quiénes eran los guías de montaña, a lo que el hombre respondió: “Un guía de montaña es un montañero que sabe leer las montañas. Encuentra los caminos, de día o de noche, con niebla o con nieve. Se preocupa por sus compañeros, los lleva por los mejores sitios, les infunde valor y ánimos, les reconforta con sus palabras. Sabe cocinar con pocos medios, coser ropa o mochilas desgarradas, cantar canciones al amor de la hoguera. Y cuando tú te levantes por la mañana para subir una cumbre, el guía ya estará en pie, con su mochila a cuestas, su mirada alta, y tu desayuno caliente preparado”. El joven quedó impresionado y volvió a casa.

RUTA

El pasado domingo día 19 de Mayo, el pueblo montañero de Zarzalejo fue escenario de una ceremonia siempre emocionante: un montañero experimentado comenzaba su andadura como guía de montaña. Don Rafael Valcarce apodado “Nano” pasaba a engrosar la breve lista de guías de montaña. La ceremonia fue presidida por don Pedro Fernández, gran guía titular. Figuraron como testigos: doña Laura de Benito, montañera dura como las piedras; don Ángel, montañero sabio de palabra fácil y oportuna; don Eduardo, montañero que se mueve por las piedras a velocidad endiablada; y don Antonio, quien escribe estas líneas para la posteridad.

A las diez y media de la mañana, exactamente a las diez y media, Nano levantó su recia mano y dijo: “¡En marcha!”. Todos lo siguieron con temor ante la incertidumbre del día pero con confianza ante la sabiduría del guía. Minutos antes, la pastelera del pueblo les había advertido: “Camináis hacia la tormenta”. Pero ni estas palabras ni ninguna otra habrían podido hacer que el guía Nano cejara en su empeño. La comitiva pasó junto a la iglesia, el parque y el cementerio, y salió del pueblo bajando a la cercana vaguada. Un primer repecho sirvió como calentamiento a los caminantes. Sin duda el guía había elegido dicho tramo para facilitar la adecuación de sus compañeros a la dura jornada. El camino transcurre entre campos de flores; los distintos tonos verdes daban un encanto especial al día. En multitud de ocasiones se encontraban con bifurcaciones del camino que les hacían dudar, hasta que Nano decía con seguridad: “¡Seguidme!” y escogía el camino correcto. Nano indicó a sus compañeros el lugar donde se encontraba “El árbol de la Esperanza”, llamado así por haberle servido de refugio en un día tormentoso. Y entre edificantes conversaciones y agradables entornos llegaron al pueblo de Robledo de Chavela, situado a los pies del monte de la Almenara. Atravesaron el pueblo con la mirada clavada en la lejana cumbre sin permitir que el aroma procedente de las cercanas pastelerías les desviara ni un metro de su ruta. A la salida del pueblo se internaron en el bosque del piedemonte y comenzaron a tomar altura, mientras las amenazantes nubes se agrupaban en las alturas acaso preparando un feroz ataque de agua y granizo. Comenzó a llover, pero el guía Nano continuó impertérrito su ascensión a la cumbre. Alcanzaron el collado; la lluvia cesó y comenzaron las flores: miles de flores de variados colores tapizaban el suelo y convertían la feroz montaña en un salvaje jardín sin cuidar. El piedemonte se convirtió en montaña y la pista dio paso a la trocha; y entre más flores silvestres, árboles magníficos y aéreas vistas sobre la ermita de Navahonda, alcanzaron la base de la fácil trepada que permite alcanzar la cima. ¡Cuánto tiempo esperando este momento! Aunque Nano sabía bien que la cumbre marca sólo el ecuador del camino, sin duda conocía que se trataba de un hito importante. Pocos son capaces de mostrar el camino a la cima, y Nano ya era uno de ellos. Todo en derredor era magnificencia y el grupo permaneció en la cumbre reponiendo fuerzas con una estupenda comida. No se puede dejar de mencionar el espectacular postre con que Laura obsequió al grupo: un bizcocho de chocolate casero, con poca levadura como marcan los cánones del bizcocho prieto y con el punto justo de dulzor que permite degustar sin excesos el amargor del cacao. Tras la comida el grupo regresó a Zarzalejo por el mismo camino. Una vez más Laura sorprendió a todos por su estoica resistencia al caminar toda la ruta de regreso con heridas en los pies. Y tras varias horas de camino agradable, conversación edificante y experta elección de itinerario, la comitiva llegó a Zarzalejo ante el asombro de sus habitantes.

FINAL

Caída la noche, con la luna brillando en lo alto, el guía Nano entró en Zarzalejo con paso firme y decidido. A cierta distancia le seguían sus extenuados compañeros. Los vecinos del pueblo se asomaban a las ventanas para presenciar la llegada del grupo. Los montañeros se detuvieron en la puerta de la iglesia. Allí, Nano hincó su rodilla en tierra mientras Pedro, el gran guía titulado, le investía como guía de montaña. Los vecinos acudieron al rito con cirios encendidos y solemne silencio. Terminada la ceremonia, los vecinos volvieron a sus casas; los montañeros montaron en sus caballos; pero Nano el Guía se internó en las montañas.

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Una respuesta a El guía Nano nos lleva a La Almenara

  1. sociodeazimut dijo:

    Jajajaja…¡Qué grande eres!… Con este calor que hace, leer un relato tan bonito, es como abrir una ventana al aire fresco…¡Enhorabuena, y nos veremos en la próxima…! Nano.

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